Diario de un cooperante en Lampedusa

Para las personas en movimiento forzoso (migrantes y refugiados) el
Mediterráneo se ha convertido en la frontera natural más cruenta, en la
que en este año 2016 ya han muerto 3.600 personas. La mayoría de ellas, lo
han hecho en el canal de Sicilia, procedentes de las costas tunecinas.
Con el objetivo de conocer de cerca y denunciar la falta de pasaje seguro
que está acabando con las vida de miles de personas que huyen del hambre,
la pobreza y la guerra, he querido dedicar unos días a recorrer parte de
Sicilia y la isla de Lampedusa. Llegué a Palermo el día 18 de octubre y
volveré a España el día 3 de noviembre. Durante estos días, entre otros
lugares he podido conocer en Lampedusa cómo es el día a día de los
migrantes.

En concreto, en Lampedusa llevo cuatro días, en los que ya he comprobado
la llegada y salida constante de personas inmigrantes, las condiciones en las que lo hacen y la experiencia que traen a sus espaldas. En solo dos
noches, se han rescatado 300 personas en el mar, y han muerto alrededor de
70. Pensad que 70 son aproximadamente las personas muertas en las aguas
del estrecho de Gibraltar en todo un año. Para Lampedusa, estas cifras no
son relevantes, nada que ver con las 360 personas que murieron hace tres
años en sus costas procedentes de Túnez.
La mayoría de los que llegan son jóvenes que vienen de Eritrea, Somalia,
Libia e incluso Bangladés.  Llegan en barcazas en pésimas condiciones,
tras un trayecto de alrededor de 20 horas. Cuando llegan vivos se sienten
afortunados, aunque su futuro sea incierto y a la espera de una respuesta
desde Europa que posiblemente termine en su expulsión.
La respuesta de Europa se ve también perfectamente al llegar a Lampedusa.
Toda la isla se encuentra militarizada, protegida por radares y rodeada de
alambradas. Los propios lugareños denuncian que la principal inversión
dedicada para Lampedusa por parte de los gobiernos, italiano y de sus
acuerdos con la UE, se traduce en mayor seguridad y control militar.
Mientras faltan otros muchos servicios para mejorar la vida de las 5000
personas que viven aquí y de los migrantes que llegan.
La respuesta de los gobiernos debiera poner en el centro la atención y
protección de las personas y la garantía de los derechos humanos, y no la
defensa y control ante ellas. Para ello es necesario abrir fronteras y
canales seguros de paso, que eviten las muertes que se van a seguir
produciendo en el Mediterráneo si no se cambian las políticas